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Russian Federation
( USSR )


Vladímir Putin
Federación Rusa

De nombre completo Vladímir Vladimírovich Putin .
* 7 de octubre de 1952, San Petersburgo.

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ABRIL 2007

Hoy día 2 de abril 2007, estamos esperando la investigación
del Asesinada en Moscú Anna Politkóvskaya.

Hoy día 20 de noviembre, estamos esperando la investigación
del Asesinada en Moscú Anna Politkóvskaya.


y la última de nuestro amigo...

Para los más próximos a Alexander Litvinenko no hay duda.
El ex agente ruso crítico con Putin que desde hace unos días se debate entre la vida y la muerte en un hospital de Londres ha sido envenenado y el culpable es el Kremlin. “Sólo el KGB sería capaz de hacer algo así”, ha dicho Oleg Gordievski, una autoridad en el tema, pues no en vano dirigió los servicios secretos soviéticos en Londres durante los 80. Moscú ha rechazado tajantemente ya las acusaciones.

(Es una verguenza...)

“Sólo el KGB es capaz de hacer una cosa así”
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24 noviembre 2006

Un análisis de orina apunta a que Litvinenko murió envenenado con polonio radiactivoEl ex espía ruso hizo responsable de su muerte al presidente Putin en una carta póstuma

 

Octubre 2006
Asesinada en Moscú Anna Politkóvskaya, periodista rusa crítica con el Kremlin 

La periodista rusa Anna Politkóvskaya, premio Vázquez Montalbán de Periodismo Internacional en 2004 y una de las informadoras más críticas con el Kremlin, ha sido asesinada en su domicilio en Moscú. Una vecina de la periodista descubrió su cuerpo en el interior del ascensor del edificio donde vivía a las 13.00 (tres de la tarde, hora peninsular española). Junto al cuerpo, que presentaba varios impactos de bala, habíauna pistola y cuatro casquillos.

Politkóvskaya, que nació en Nueva York en 1958, era considerada la periodista más crítica con la política del presidente ruso, Vladímir Putin, especialmente sobre temas relacionados con Chechenia y el Cáucaso Norte ruso.

En varias ocasiones confesó haber recibido amenazas de muerte de los servicios secretos rusos, el Ejército y otras agencias de seguridad del Estado a las que había criticado con dureza en sus artículos.


El Fiscal de Moscú, Yuri Siomin, ha anunciado la apertura de una investigación por la vía penal por "asesinato premeditado".

Si como el último asesinato, aún estamos esperando resultados
más de 300 periodistas muertos o desaparecidos en Rusia desde 1991.
CONSTITUCIÓN Federación Rusa
DIEZ CLAVES SOBRE CHECHENIA
13 de febrero de 2004
Crónica Chechenia.- El histórico dirigente radical checheno Selimjan Yandarbiev muere asesinado en su exilio de Doha
13 de febrero de 2004
Rusia.- Rybkin asegura que fue secuestrado y drogado en Kiev con la excusa de que iba a reunirse con Masjadov

Chernobyl

bueno, por lo demás no dejéis de visitar este precioso País

¡Afortunadamente USSR va bien!

Verdades de un mundo al revés
¡Afortunadamente
USSR va bien!

Petróleo y Derechos Humanos en Rusia

por Alberto Barlocci

A partir del 11 de septiembre, en el país han aumentado las violaciones a los derechos humanos. Occidente, mientras tanto, calla. Continúa, en la era Putin, el valioso trabajo del Grupo de Helsinki de Moscú.

No hay dudas de que, comparado con el gobierno soviético, el actual se presenta mucho más abierto. Ya no hay más prisioneros políticos en Rusia. Sin embargo, “está claro que todavía no somos un estado de derecho y todavía se verifica una enorme cantidad de violaciones a los derechos humanos. Estas cosas son difíciles de corregir”, reconoce Ludmila Alekseeva, cofundadora y presidenta del Grupo de Helsinki de Moscú (GHM), organización comprometida en la defensa de los derechos humanos.
Son expresiones duras, pero que tienen sus razones. El país es enorme y por todos lados se asiste a violaciones a los derechos humanos. Y algunos cambios han sido para peor. Poco antes del receso de verano, la Duma (el parlamento ruso) ha votado una ráfaga de leyes, sobre servicio militar alternativo, extremismo y ciudadanía, cuyo contenido es profundamente antidemocrático, y dejan un enorme poder a los funcionarios estatales. Un poder que no se dudará en utilizar.
Por eso, el actual silencio ante todo lo que pasa en Rusia es preocupante. “Ahora que somos amigos de Occidente –explica a Ciudad nueva la señora Alekseeva– los dirigentes de los países occidentales han decidido que no se le debe dar un disgusto al presidente Putin, entrometiéndose en cuestiones internas. Por lo tanto, han decidido reconocer que en Chechenia se está luchando contra el terrorismo. Es una visión miope, y vemos que hoy nuestras ideas no reciben más el apoyo de Occidente”.
Entre las razones de este silencio, figura también el inesperado desarrollo de la producción rusa de petróleo. Calladamente, en los últimos dos años las petroleras rusas han crecido al punto de competir abiertamente con Arabia Saudita, el mayor productor mundial. Rusia puede hoy desplazar a los países de la OPEP, el cartel que reúne a los grandes exportadores de petróleo, como principal proveedor de crudo para Occidente. Lo cual, tal como la diplomacia internacional entiende la realpolitik, significa un enorme peso político para el señor Putin.
Coincidentemente, según el GHM, las cosas se han complicado desde los atentados del 11 de septiembre, cuando Estados Unidos recogió el desafío lanzado por el terrorismo internacional.
Hasta ese momento, existía una constante presión internacional sobre el comportamiento de las fuerzas armadas rusas en Chechenia. Esta república caucásica reclama su independencia desde 1992, y desde 1994 se han librado diferentes guerras (la última sigue en curso), durante las cuales los rusos han sido acusados de vejaciones, torturas y masacres indiscriminadas, también entre la población civil.
Pero la guerra al terrorismo necesitaba del apoyo también de Rusia. Y el presidente Putin recibió a cambio del apoyo al operativo Enduring Freedom (libertad duradera) el vía libre para proseguir la guerra sin mayores miramientos. En efecto, buena parte de la guerrilla chechena pertenece y adhiere a la corriente wahabita del fundamentalismo islámico, proveniente de Arabia Saudita.
“Nosotros –aclara Ludmila Alekseeva– apoyamos la integración de Rusia en la alianza anti-terrorista, porque el terrorismo es un mal mundial y la participación de nuestro país es importante. Pero esto ha llevado a la desaparición de la presión sobre las autoridades rusas acerca de lo que sucede en Chechenia”.
La pregunta es si es tan importante el aporte de Occidente. “Sí. Porque al dejar de presionar por los derechos humanos colabora con las fuerzas que se oponen a la democratización del país. Puede que también entre los gobiernos occidentales haya fuerzas que quieran seguir viendo a Rusia como una ‘fuerza del mal', lo cual ya no es así. Somos un país con una cultura cristiana, occidental, y hemos tenido un pasado difícil. Que hayan dejado de apoyarnos es una gran pérdida. Sin embargo, los rusos defensores de los derechos humanos seguirán peleando para que termine la guerra en Chechenia, las violencias sobre la población civil, y para que termine la violación de los derechos humanos en todo el país”. 

El Grupo de Helsinki de Moscú

En agosto de 1975, los 35 países que en Helsinki (Noruega) participaron en la reunión “para la seguridad y la cooperación en Europa”, firmaron entre otros acuerdos, el de la obligación de respetar los derechos humanos de los ciudadanos, como un elemento indispensable para la estabilidad del viejo continente. Entre los firmantes figuraba la entonces Unión Soviética.
En 1976, el físico Juri Orlov, defensor de los derechos humanos, fundó un grupo que denunciara a todos los firmantes del acuerdo de Helsinki, incluido el Kremlín, las violaciones cometidas por las autoridades soviéticas. Nació así el “Grupo de Helsinki de Moscú”. Entre los primeros que adhirieron figuraba Ludmila Alekseeva, la esposa del premio nobel de física Sakarovn, Elena Bonner y el periodista Alexander Ginzburg.
A través de su valiosa actividad, el GHM denunció decenas de episodios, desafiando con coraje a la KGB, hasta que la represión fue tal que bloqueó su trabajo, con persecuciones, arrestos y exilios. Resucitado en 1989, en plena “perestroika”, el grupo sigue trabajando.

Cuestión de oportunidad

Por razones de oportunidad política, temas como la defensa de los derechos humanos suelen ser dejados de lado.
La posición estratégica de Turquía, próxima a Medio Oriente, hace que con tal de conservar las importantes bases militares, Occidente “olvide” la violación de los derechos de los kurdos. La adhesión de China a la guerra al terrorismo, ha bajado una cortina de silencio sobre lo que allí acontece. En oportunidad de la Guerra del Golfo, en 1991, para retribuir el apoyo de Siria a la coalición aliada, se decidió cerrar un ojo sobre la transformación del Líbano en un protectorado. Ni hablar de las idas y vueltas con Sudán, cuyo gobierno lleva a cabo desde hace 18 años una guerra interna genocida, contra las poblaciones del sur. El año pasado, el gobierno de Washington estableció una sorpresiva “colaboración” con el gobierno fundamentalista de Jartúm, momentáneamente borrado de la lista de los malos. El FMI ya se había adelantado para declarar “confiable” su economía. Por lo visto, más confiable que la economía argentina.

 

 

¿Qué pasa en Rusia? O mejor: ¿qué va a pasar a medio plazo? Esperan en este curso elecciones legislativas, en diciembre, y presidenciales, en marzo. Panorama complejo. Guerra no disimulada entre Putin y un sector relevante de la plutocracia. Atentados en y desde Chechenia y temor por la cercana y explosiva Ingusetia. La antigua superpotencia ofrece un perfil bajo ante la opinión pública internacional, incluso cuando se debaten en Naciones Unidas asuntos relevantes para su interés geoestratégico. No es extraño. A día de hoy, Rusia tapona como puede sus grietas internas. Recupera el aliento, casi una generación después del fracaso concluyente de la Unión Soviética. Occidente no sabe cómo enfocar el futuro. Pero conviene al menos rescatar del olvido algunos datos elementales: la actual Federación Rusa sigue siendo el Estado con mayor superficie del mundo, más de 17 millones de kilómetros cuadrados; contiene todavía un centenar de «nacionalidades» distintas, entre una población de 150 millones de habitantes; fuera de sus límites territoriales viven hoy más de 25 millones de rusos. ABC informa puntualmente: el diario «Izvestia» reclama a Putin, cuya reelección en 2004 no se cuestiona, una mayor energía reformista. En las elecciones locales de San Petersburgo la participación es mínima y la candidata oficial, con todo a su favor, no logra ganar en primera vuelta. ¿Alguien comprende el enigma de Rusia?

He aquí la radiografía de un país excepcional, pero triste e infeliz, a disgusto consigo mismo. Impresiones varias. La Plaza Roja de Moscú está cerrada por (eternas) razones de seguridad, mientras los turistas se afanan por ver algo desde el estrecho pasillo que rodea la catedral de San Basilio. En la antigua Petrogrado, un hermoso trampantojo envuelve la realidad ingrata. Cierto es que el «caballero de bronce» (como llama Pushkin a Pedro el Grande, omnipresente) contempla vanidoso la urbe desde la famosa estatua; pero ya sabía Dostoievski que, en el fondo, San Petersburgo es la ciudad más abstracta del mundo. Contraste radical con las provincias somnolientas: industrias abandonadas y edificios que se caen a pedazos, en sentido literal. Mucho, demasiado Lenin. Ni rastro de Stalin o de Brezhnev. De Gorbachov, menos todavía. Renacen los monasterios deslumbrantes en la ribera del Volga, porque la Iglesia ortodoxa da impresión de vitalidad en esta nueva era: monjes y fieles por todas partes, con cierto aire de santería y oráculo milagroso. Siempre, muy cerca pero muy lejos, el paisaje infinito que conduce a la eternidad, sin detenerse nunca en el presente.

Diagnóstico rápido. El primer problema (el principal, según creo) es que Rusia no ha logrado asimilar la explosión territorial. Nostalgia del Imperio, dicen algunos. No hay tal cosa. Nadie habla ya del Pacto de Varsovia ni de los Estados satélites, distintos y lejanos. Tampoco se acuerdan de quienes nunca fueron rusos, aunque duelen las noticias que llegan de Vilnius o de Riga y preocupa seriamente el «status» de Kaliningrado, la Königsberg kantiana. Se dan también por perdidas las repúblicas islámicas, aunque muchos claman contra el despotismo hereditario y cuasifeudal en países como Azerbaiyán, donde un Alíeu sucede sin pudor a otro Alíeu. Algunos aluden al ficticio «alto el fuego» que reina en Nagorny Karabaj, reducto olvidado del cristianismo en Oriente y enclave armenio separado sin compasión de sus hermanos de Ereván. El problema auténtico se hace patente en la realidad de cada día: nadie es capaz de entender por qué hay que enseñar el pasaporte para viajar a Minsk o a Kiev, donde viven la familia y los amigos. ¿Cómo segregar de Rusia a su propia matriz, la Rusia medieval, algo así como nuestra Covadonga? Ambiciones de la élite, antes comunista, ahora nacionalista, piensa la gente común. Pero conviene escuchar otros puntos de vista: el viento sopla en dirección contraria cuando se pregunta en la antigua Galitzia polaca, hoy día parte occidental de Ucrania, muy diferente a la rusificada zona oriental. De nuevo en Moscú: ¿usted concibe a España sin Andalucía?, indaga el interlocutor. En todo caso, he aquí la consecuencia de un fracaso radical: el marxismo ortodoxo intenta explicar cualquier conflicto como expresión de contradicciones económicas. Casi nadie prestó atención en su día a la teoría inteligente de H. Carrère d´Encause, la historiadora francesa: el desafío principal de la Unión Soviética es el nacionalismo irredento. Ahí sigue, planeando sobre el futuro.

Segundo problema. La economía no funciona, el espíritu del capitalismo no arraiga, los contrastes son insoportables: docenas de «limusinas» en Moscú, antesala de la pobreza, poco más allá. Transcribo una noticia de agencia, de este mismo verano: «La madre de un talibán ruso en Guantánamo reza para que siga allí . Su hijo tiene pánico a las cárceles de su país y le asegura en una carta que ni siquiera en un balneario ruso hay el mismo nivel que aquí»: un titular preciso vale más que mil palabras. Falso capitalismo, que desprestigia el buen nombre del sistema ante la complacencia de quienes fueron educados en las áridas doctrinas de Marx y sus acólitos. Allí donde no coinciden, los señores de la guerra son ahora dueños de las empresas soviéticas y plantan cara al poder siempre que no lo controlan. Poco hace o puede hacer una Administración ineficaz, desvertebrada y sin horizonte. Pese a todo, el genio invisible de la libertad inventa mercados nuevos. Comercio más ideas equivale a sociedad abierta. Falta todo por hacer, pero la gente abre tiendas, compra productos y aporta iniciativas culturales. Hay que romper muchos tópicos sobre la naturaleza pasiva del alma eslava. Si el Estado ayuda... Pero no con subvenciones ni dogmas, sino creando un marco jurídico estable y una Administración creíble. Es mucho pedir, en tierras de escepticismo arraigado. Pero es la única solución para consolidar a la clase media y, con ella, el régimen constitucional genuino: puro Aristóteles. Sobran recursos humanos y espacio geográfico. Es cuestión de mentalidad.

Tercer problema. Se llama crisis moral. El «homo sovieticus» ha dejado un rastro indefinido de miseria espiritual en forma de mediocridad, disimulo, frialdad.... No queda orgullo siquiera: en los viejos tiempos, el régimen se jactaba de superar al perverso enemigo americano y Yuri Gagarin y hasta la conmovedora perrita «Laika» fueron tratados como héroes nacionales. Después, sólo desencanto. Recuerde el lector «La música de una vida», estupenda novela de Andrei Makine. Leamos a Raymond Aron, en plena guerra fría: «los pocos soviéticos que he conocido no eran ni escépticos ni creyentes; yo creo que no sabían qué eran, ni siquiera les importaba». O mejor todavía a F. Furet, converso como tantos, en «El pasado de una ilusión»: «el comunismo termina «en una especie de nada», dejando una sociedad convertida en escombros...». Podemos multiplicar los ejemplos, pero no hace falta. Y sin embargo, lejos de cualquier voluntarismo, la Rusia actual ofrece motivos para una proyección optimista. Porque los rusos aman a su patria, su historia y su geografía: eso ya es mucho. Porque el gobierno actual, indefinido en el plano ideológico, hace virtud del pragmatismo y ha logrado arrinconar a los nostálgicos del comunismo vetusto y del peor nacionalismo. Porque Putin ha ganado la confianza de la alta política internacional y resulta ser un gobernante fiable, como percibió muy pronto el propio Aznar. Porque, en definitiva, no existe transición sin trauma ni la verdad se improvisa después de un siglo de mentira institucional.

Convendría enviar de nuevo a Rusia al viajero Kapuscinski, para poner epílogo a «El Imperio». Existe ahora, creo, una Rusia renacida, que sufre por la tragedia del mar de Aral, restaura sin descanso iconos y catedrales, quiere pasar página del mal sueño totalitario. Moscú ya no es la «tercera Roma», pero tampoco la «Roma tártara» como decía Juan Valera. Es la capital de una potencia nuclear, con derecho de veto en el Consejo de Seguridad y un peso geopolítico apenas inferior al tiempo reciente de la diarquía. El nuevo orden mundial, si acaso existe concepto tan hegeliano, necesita más que nunca a Rusia: estable, segura, vertebrada; sobre todo, en paz con su pasado y con un proyecto sugestivo de futuro.


 

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